
Estoy hasta los cojones de Martin Scorsese.
Infiltrados (2006) me parece una tomadura de pelo de principio a fin, una basura que, si la hubiese firmado cualquier otro director que no fuese una vaca sagrada, habría pasado desapercibida. Pero claro, la ha firmado Martin Scorsese y es una jodida obra maestra, ¿no? ¡Pues no! Y me da igual que
El País le haya dedicado una página entera y que los críticos se corran de gusto. Esta película fracasa en todo menos en una cosa: en ser mala. El resto, queridos míos, lo hace mal. De hecho, creo que lo que más me cabrea es que podría haber sido genial y acaba siendo todo lo contrario. Hacía tiempo que no veía tantas buenas ideas desaprovechadas delante de mis narices.
Porque vamos a ver: ¿qué pretende ser, exactamente, Infiltrados? ¿Una nueva vuelta de tuerca al asunto de los mafiosos americanos? ¿Todavía no se ha cansado Martin Scorsese de hacer lo mismo una y otra vez? ¿O es que no tiene vergüenza? Lo curioso es que la gente sigue aplaudiendo, como si todos fuésemos idiotas y no nos enterásemos. ¿Es que nadie se da cuenta de que este tipo es un pesado? Infiltrados es más de lo mismo desde el minuto mismo que empieza, pero peor. Que lo sepan hasta en Hong Kong (donde, por cierto, Scorsese robó la idea, que ni siquiera es suya): Infiltrados no aporta ABSOLUTAMENTE NADA a todo lo que se había dicho anteriormente.
Habrá quien diga, ya me lo estoy oliendo, que estamos ante una perspicaz sátira sobre la traición. ¿Perspicaz? ¡Cuánto me habría gustado! Pero si esto es perspicacia estamos acabados. ¿Sólo porque todos los personajes son unos embusteros tenemos que pensar que el ser humano lleva la mentira en su código genético? Hay que ser muy, muy sutil, señor Scorsesse, para retratar el alma humana. Y usted, querido mío, no lo es en absoluto. Es más: para lo único que sirven las mentiras de sus personajes es para hacer avanzar una vulgar trama de enredo. Simples anécdotas, me temo: la vieja historia del gato y el ratón, pero en una fiesta de disfraces. Ay, qué sueño.
También tengo algún amigo que me ha hablado del admirable ritmo de la película. Estoy de acuerdo: nunca tres horas se me habían hecho tan cortas. Lástima que bastase con dos para contar lo que aquí se cuenta (mal) en tres. Infiltrados está llena de pegotes innecesarios. ¿Quién es, por ejemplo, la mujer que acompaña a Jack Nicholson? Dudo que alguien pueda explicarme por qué ese personaje está en la película, lo cual nos lleva a una conclusión obvia: la muchacha sobra. Y ya que hablamos de Nicholson –histriónico hasta la náusea, por cierto-: ¿cómo hemos de tomarnos su fugacísimo episodio mefistofélico? Otro pegote. Lo que más me jode, además, es que Scorsese malgasta pólvora con estas tonterías y luego se deja asuntos sin resolver. ¿Es que no había tenido tiempo, con tres horas de metraje, para evitar (o al menos justificar) ciertos "ases en la manga" de último momento? Je, je, no os preocupéis que yo no cuento nada, pero os advierto: pensé que me había tomado el pelo.
A pesar de todo, creo que lo que más me irritó fue la falta de verosimilitud. Por si alguien no lo sabe, oh, sorpresa, Infiltrados es la historia de dos infiltrados: uno en la policía y otro en el crimen organizado. Lo del mafioso que se cuela en el cuartel me lo trago, pero… ¿de verdad tengo que creerme que un viejo zorro de la mafia va a confiar en un chavalote advenedizo que, además, había sido policía? ¡Por favor! ¿Y qué me dicen del maniqueísmo de los personajes? Matt Damon, todos lo sabemos, es repelente. ¿Era necesario hacerlo aún más repelente para dejar las cosas claras? Un insulto a mi inteligencia.
Para terminar, un consejo: cuando vayáis a ver esta película, prestad atención a lo que estáis viendo y no lo confundáis con lo que os han dicho que vais a ver. ¡Todo el mundo miente! Infiltrados no es, ni de lejos, la gran película que se ha promocionado. Si me hacéis caso y estáis atentos, descubriréis que se trata, simplemente, de otro thriller made in hollywood.
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