
Menuda estupidez, ser dogmático. Se pasa uno años forjando una personalidad a base de ideas firmes y convicciones invariables para que luego, a la primera de cambio, cualquier circunstancia te desmonte el tenderete. En materia de cine, ya lo sabéis, yo soy más proclive al credo estético que a la improvisación del gusto. Siempre he tenido una serie de prejuicios muy, muy concretos: no me gustan las películas de diálogos porque pienso que son un mero teatro filmado, odio las películas de actores porque creo que el único mérito específicamente cinematográfico sólo puede ser del director y, sobre todo, abomino de las películas que reflexionan sobre la vida porque me parecen pretenciosas. Pero, como os decía, los dogmas son una gilipollez. Esta semana he visto Antes del amanecer (1995) y Antes del atardecer (2004), de Richard Lindlaker, y me he comido mis propias ideas. Algo tan sencillo como la historia de una mujer y un hombre que sólo pasan juntos una noche (en la primera parte) y una tarde (en la segunda parte, rodada con los mismos actores y los mismos personajes diez años más tarde) me ha roto los esquemas. A ver si consigo explicaros por qué:
UNO: Las películas de diálogos.
Si dos personajes están hablando, lo más probable es que no puedan hacer nada más. Sobre todo si están teniendo una conversación trascendente. Hay honrosas excepciones como Tarantino, que ha hecho del arte del diálogo una categoría fílmica con entidad propia, pero en general la cosa suele quedar en una tediosa alternancia de planos medios. El espectador sólo tiene que preocuparse por seguir la conversación. Lo que se valora es el ingenio, y al final siempre terminamos con una sucesión de monólogos en la pantalla. Pero nadie se acuerda de que lo que estamos viendo es CINE, cojones, que no estamos en el teatro. ¿Qué pasa con el director? ¿Para eso se ha montado un set, para eso se ha rodado durante semanas? No, no, no. Si yo pago una entrada de cine, lo que quiero ver es una historia FILMADA con recursos cinematográficos, y no voy a conformarme con dos bustos parlantes.
A priori, tanto Antes del amanecer como Antes del atardecer cumplen todos los requisitos para cagarla precisamente por exceso de verborrea. Al fin y al cabo, lo único que hacen los personajes es hablar, hablar y hablar. Y sin embargo, me ha gustado. ¿Por qué? Básicamente, porque en todo momento he tenido la impresión de que esos diálogos estaban bien filmados, de que el director era consciente de lo que estaba haciendo. Hay una escena en la primera parte, por ejemplo, cuando los personajes se suben a un tranvía, que está rodada en un solo plano. Durante cinco o diez minutos, la cámara permanece quieta y sólo los actores interpretan. Vosotros podríais decir que eso es precisamente lo que yo odio, el teatro filmado, pero os equivocáis. En este caso concreto tengo la impresión de que Richard Lindlater ha escogido conscientemente una opción fílmica concreta que supone, además, un reto para todo el equipo de rodaje. Y lo ha hecho en esa única secuencia, sin repetir la fórmula en el resto de la película. Cuando toque otra escena adoptará una actitud diferente, experimentará una forma nueva de enfrentarse al diálogo. Y eso es lo que yo valoro: la experimentación.
Sin embargo, lo mejor de estas dos historias es el manejo del tiempo. En Antes del amanecer toda la acción transcurre en una noche, pero en Antes del atardecer ocurre en tiempo real. Las dos horas de la película son las dos horas que pasan juntos los dos personajes, ni un minuto más. ¿Sabéis lo difícil que resulta conseguir que un planteamiento como ése tenga ritmo? Por supuesto, la agilidad del diálogo es fundamental, pero la puesta en escena y la forma en que todo esto se graba también son importantes. Richard Lindlater se enfrenta a ello con una elegante sobriedad, sin abusar de los movimientos de cámara ni de los cambios de plano, y sin embargo consigue contar su historia con una fluidez asombrosa. Ahí tenemos a un señor director.
DOS: Las películas de actores.
Cuando alguien me dice que una película le ha gustado por los actores, pensaré lo mismo que cuando alguien me dice que otra película le ha gustado por la fotografía de paisajes: que se compre una postal y ya está. ¿Acaso hay algo más estúpido que ver una película por el actor que la interpreta? Je, je, me río sólo de pensarlo. Para mí, ensalzar el trabajo de un actor equivale casi matemáticamente a quitar mérito al director. Los actores, ya lo decía Hitchcock, tienen que limitarse a ser peleles en manos del jefe. Es él, y sólo él, quien maneja el cotarro. Si sabe filmar bien su historia, lo mismo le habría dado hacerlo con gente que se hubiera encontrado en el metro. La interpretación, lo confieso, apenas me despierta admiración: creo que es una habilidad y punto.
Los actores de Antes del amanecer y de Antes del atardecer son Julie Delpy y Ethan Hawke. Ninguno ha destacado jamás por sus dotes interpretativas, ni creo que lo haga, pero la película no habría sido lo mismo sin ellos. Entre los dos existe una química tal, que uno ni se acuerda de la presencia del director. Y cuando se acuerda, es para darle las gracias por haberles permitido lucirse. ¡Gracias, Richard Lindlater, por esa magistral secuencia de la escalera en Antes del atardecer, que tan fácil le pone el trabajo a Ethan y Julie! Los dos personajes suben, en silencio, una escalera. La cámara les precede, sin cortar el plano para mantener la tensión, durante tres o cuatro interminables minutos. El resto queda en manos de los actores, y ellos, sin hablar, consiguen generar un memorable ambiente de deseo y calentón sexual. Por supuesto, podríamos reducir todo el asunto a eso de la química, al hecho de que dos personas peguen juntas, pero no. En este caso concreto, los dos actores son mucho más que dos caras bien avenidas en el cartel de la película. Los personajes son su creación, hasta el punto de que Ethan Hawke y Julie Delpy figuran incluso como autores del guión. Todos mis respetos, por tanto.
TRES: Las películas que reflexionan sobre la vida. Definitivamente, los grandes temas de conversación (la vida, la muerte, el amor, Dios…) deberían quedar confinados a los bares, los coches y las almohadas. En cuanto alguien los eleva a una pantalla, qué queréis que os diga, me salen sarpullidos. En el fondo, mi planteamiento es profundamente democrático: como nadie, en el fondo, tiene ni puta idea, entonces todas las opiniones valen. Es más: creo que lo divertido de estos grandes temas es precisamente hablar sobre ellos, y no limitarse a escuchar. Por eso me irrita que cualquier listillo, sólo por el hecho de tener a doscientas personas con la mejor predisposición del mundo en una sala oscura, llegue y nos suelte su particular visión sobre el asunto. ¿Quién te crees que eres, mendrugo?
Precisamente por todo esto, creo que tanto Antes del amanecer como Antes del atardecer se salvan de la caer en la más grosera pretenciosidad. En las dos películas se diserta sobre la vida, incluso se rozan los límites de la pedantería, pero aun así la cosa me parece aceptable. ¿Por qué? Básicamente, como decía, porque no hay monólogos: sólo diálogos. Nadie tiene la razón. Los personajes ni siquiera opinan, sino que se limitan a aventurar opiniones. ¿Comprendéis? Y es precisamente eso lo que les dota de una humanidad enternecedora, lo que les hace más cercanos. En el fondo, lo que tenemos aquí es a dos personas acojonadas; dos pobres diablos que tratan de enfrentarse a la vida de la mejor manera posible, pero que nunca están seguros de estar haciéndolo bien. Ellos, que están de bares, pueden manifestar sus dudas y no resulta forzado. Y yo, como no me atrevo a escribir sobre la vida, utilizo el cine como metáfora. No hay fórmulas, no hay dogmas.
¿Os acordáis?
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