Siempre me he preguntado por qué en los festivales de cine hay un Premio del Público. No estoy muy informado de cómo funcionan estas cosas, pero a mí sólo se me ocurre una explicación: desde el principio se asume que el jurado y la gente normal tienen gustos diferentes. Hoy, sin ir más lejos, leía en El País la crónica de la Seminci y me encontraba con la siguiente afirmación: “el premio del Público fue, con toda lógica, para el filme francés Days of glory”. ¿Qué significa “con toda lógica”? ¿Cuál es esa lógica? ¿Hemos de suponer que el comportamiento del público de un festival es siempre previsible? Y si lo es: ¿hacia dónde se decanta? Para salir de dudas he ido a ver Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton y Valier Faris, 2006), ganadora del Premio del Público del Festival de San Sebastián.
En esencia, la película no ofrece nada nuevo: road movie acerca de una familia disfuncional que atraviesa California para que la hija pequeña participe en un concurso de belleza. No hace falta haber visto mucho cine para hacer conjeturas sobre lo que viene después. Si os ponéis a pensar durante, digamos, dos minutos, estoy seguro de que adivinaréis el resto. ¿Por qué, entonces, el público de San Sebastián votó Pequeña Miss Sunshine como la mejor película?
La primera explicación que se me ocurre es que la cinta pone a caer de un burro a la sociedad gringa. Si hay algo con lo que disfrutan los cinéfilos de este país es riéndose de los Estados Unidos. Debe de ser algún tipo de complejo de inferioridad, la revancha íntima del listo, que tiene cerebro en lugar de músculos. Por fortuna, los directores Jonathan Dayton y Valier Faris son bastante sutiles respecto a esto. Al fin y al cabo estamos hablando de dos de los mejores realizadores de publicidad de hoy en día: si ellos no saben cómo funciona la gente por dentro, entonces nadie lo sabe. Sus americanos, aunque ridículos, son algo más que caricaturas.
Otra explicación posible es el viejo tópico de la incorrección política. Nunca falla: en cuanto alguno de los personajes de una película rompe con los típicos tabúes de hollywood, el público de los festivales se derrite en la butaca. El único riesgo está en la trascendencia que se le quiera dar a este esperpento. Si se pretende usar a un friki para trazar el gran retrato de la sociedad contemporánea, como hace Todd Solondz, la cosa queda en chabacana. Menos mal que en Pequeña Miss Sunshine los locos son los buenos y funcionan como una mera gamberrada, que si no, ni siquiera me habría tomado la molestia de escribir.
Mi última hipótesis tiene que ver con el humor. En un festival, la risa es patrimonio exclusivo de los espectadores. Hablar de las carcajadas del jurado sería entrar directamente en el oxímoron, en lo imposible, en lo inconcebible. La comedia siempre será un género menor y popular. Por eso resulta comprensible que Little Miss Sunshine ganase el Premio del Público y no la Concha de Oro: porque produce mucha risa.
Al final, entonces, ¿a qué conclusión llegamos? Muy sencillo: el Premio del Público es siempre para una película que se disfruta sin tener que explicarla. Es el gran homenaje de todo festival al motor básico del cine: la emoción pura y dura. Cualquier cinéfilo, por muy culto y sabio que sea, conserva en su corazoncito un resorte que se activa de la manera más simple. Habrá quien se emocione burlándose de los gringos, quien se lo pase bomba con el escándalo y quien busque sólo un poco de risa sana. No importa. Lo único importante es que a veces necesitamos ir al cine sólo para sacar nuestro lado más simple. Y para casos como ésos, Little Miss Sunshine funciona a la perfección.
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