
Según cuentan todos los partes, parece que finalmente ha sido el Summercase el que se ha llevado la victoria en la tan cacareada “guerra de los festivales” cuyo principal frente ha sido Madrid. Y es que en su tercera edición, el Summercase se ha consolidado como una gran alternativa para todos aquéllos que, ya sea por falta de liquidez, de tiempo o por no querer o poder soportar el esfuerzo físico y económico que supone el FIB, deciden disfrutar de un cartel repleto de apuestas seguras con el aliciente de poder volver a dormir tranquilamente a casita. Tan seguros deben estar de su tirón que no han considerado oportuno mejorar unas instalaciones que, desde el primer año, son bastante deficientes. Ir al servicio es una odisea, el terreno es un auténtico pedregal que en los conciertos más movidos provoca molestísimas tormentas de polvo y, para más INRI, parece razonable sospechar que la “ecológica” idea del vasito de alquiler era un sacacuartos como cualquier otro (¿3 euros por una caña de mierda?). Al menos, además de disfrutar de algún que otro gran concierto, ahora casi todos los asistentes tenemos un recipiente ideal de la muerte para dejar los cepillos de dientes.
Pero lo peor de esta estúpida guerra es el temor a haber chafado una buena ida como el Saturday Night Fiber en una ciudad en la que cada vez escasean más las actividades culturales de relieve (la futura visita del Papa no cuenta como actividad cultural). Probablemente, en algún momento el mercado de los festivales acabe muriendo de puro éxito, y es posible que público y bandas prefieran volver a las salas pequeñas y medianas antes que tener que aguantar los parques temáticos en que se están convirtiendo la mayoría de los festivales. Pero actualmente los festivales siguen siendo una oportunidad única para vivir momentos tan especiales como los conciertos de Sex Pistols o My Bloody Valentine. Por ahora, hay mercado, así que sería una pena que el sea el público el que acabe pagando las rencillas entre las empresas.
¿Y la música? Tras leer más, por supuesto…
Viernes 18. Summercase (n.)
Tras una espera de más de media hora bajo una solana considerable, llegué al escenario justo en el momento en que las hermanas Deal abrían su concierto con la entrañable “No aloha”. No parece que The Breeders tengan ya demasiado que ofrecer, pero la actitud y la eterna sonrisa de la mayor de las Deal siguen dando un buen rollo que compensa el amateurismo permanente de una propuesta tan simple como inamovible. Mucha gente me dijo después que le había parecido una mierda y/o un aburrimiento, pero los que pasamos nuestra adolescencia enganchados a canciones como “Cannonball”, “Saints”, “Tipp City” (de The Amps) “Divine Hammer”, “Iris” o la preciosa “Drivin´on 9” nos fuimos de allí con una sonrisa de oreja a oreja. Será la nostalgia o simple divergencia de pareceres, porque esa misma gente que pusieron a The Breeders a caer de un burro salió después encantada del concierto de unos Kings of Leon que, a la altura de la tercera canción, a mí me habían aburrido hasta lo indecible con su revisión de peluquería y garrafón del legado de la Creedence. Será una de las grandezas de los festivales, capaces de contentar y cabrear a todo el mundo por igual.
Otra pega es que un festival de estas características no permite demasiados matices, y el “Young team” de Mogwai es un disco con infinitos matices. En este contexto, los pasajes más ambientales perdieron casi toda su profundidad y los más fieros casi toda su fuerza. Problemas que no concluyeron ni en la esperada “Mogwai fear Satan” que – problemas con la flauta travesera aparte – no llegó a convertirse en la catarsis que muchos esperábamos. Habrá que dejarlo para otra ocasión, que además en otro escenario ya había comenzado el teatrillo de los Sex Pistols.
Hay que agradecerle a Julian Temple el inteligentísimo detalle de no mostrar las caras de los Sex Pistols en el magnífico documental “The filth and the fury”. Porque así, de primeras, resultaba descorazonador ver a todo un Johnny Rotten vestido como una abuela de la campiña inglesa o a un Steve Jones que parecía recién escapado de un Arsenal-Bolton en el pub más infecto de Benidorm. Por si alguien tenía alguna duda, ahí estaba la prueba “viva” de que ya hace mucho tiempo que el punk está muerto y enterrado. Porque, aunque clásicos como “Liar”, “EMI”, “Holidays in the sun” o “God save the queen” no sonaron mal del todo, había algo entre cómico y patético en un Johnny Rotten que se pasó hora y media larga soltando mocos y consignas más propias de un Chris Martin en pleno ataque de bonitis que de uno de los provocadores más brillantes de la historia de la música, y resultaba casi insultante vernos a todos los burguesazos gritando “No future” bajo el amable patrocinio de Converse y Movistar. En el fondo, todo fue siempre una gran broma, ¿no? La broma más brillante de la historia de la música, pero una broma al fin y al cabo.
De nuevo en el presente, como a Kaiser Chiefs basta con verlos una (o incluso ninguna) vez, el comienzo de la madrugada parecía un buen momento para darle una oportunidad a Gruff Rhys y su combo ochenteno, Neon Neon. El hieratismo (¿desgana?) de la banda hizo que el concierto tardara en arrancar, pero la aparición en escena del sandunguero Har Man Superstar – algo así como el Ron Jeremy de la música petarda – subió varios puntos el nivel de la fiesta y consiguió que el concierto acabara haciéndose corto y nos quedáramos con el cuerpo flamenco, lo que planteaba una duda: ¿era buen momento para ir a ver a Los Planetas, o era mejor irse a seguir bailando con Rex the Dog? Con miedo al bajón, apostamos sobre seguro. Y no nos equivocamos.
Lo más grande de Los Planetas es que, a pesar de haberse convertido en auténticos clásicos, en ningún momento han jugado la carta de la nostalgia. Podrían vivir de las rentas y pasarse dos horas soltando himnos generacionales, pero cada canción nueva demuestra que Jota y los suyos todavía tienen muchísimo que ofrecer. Si sumamos además una actitud cada vez más profesional y competente en el escenario (Erik es Dios, en serio), el resultado es un auténtico placer, un concierto que confirma que hoy por hoy Los Planetas están al mismo nivel que muchas bandas internacionales de renombre. Después, ya sólo quedaba irse a buscar una lanzadera y dormir. Con una sonrisa, eso sí.
Sábado 19. Summercase (chicoutimi)
El sábado fue mucho mejor. No me gustan mucho las canciones de Grinderman, lo reconozco, pero Nick Cave, a pesar del bigote, sigue siendo digno de ver. No puedo ser objetiva con él. Al acabar, nos encontramos con que Blondie había conseguido congregar a la mayor cantidad de gente de todo el fin de semana, y no sin razón, porque sonaron muy bien, ella aguanta el tipo, y cuentan con canciones míticas que te hacen bailar y saltar aunque no quieras (a mí no me gusta "Maria", y no pude evitar pegar botes). Terminaron enlazando "Call me", "Atomic" y "The tide is high", y todos fuimos muy felices.
De ahí a Interpol, que también estuvieron a la altura, aunque algo fríos; se hubieran comportado igual tocando frente a una pantalla (y se echó de menos "The Heinrich Maneuver"). Y a continuación, The Verve, que me emocionaron más de lo que hubiera imaginado; el concierto fue subiendo en intensidad a partir de la mitad, y aunque sea un tópico, "Bitter sweet symphony", penúltima en el repertorio, revalidó como una de las grandes e imprescindibles canciones de los 90. Y se arriesgaron a cerrar con su último single, "Love is a noise", pero les salió bien y la canción funcionó, quizá porque ya nos habían ganado a todos.
Pero lo mejor de la noche (y del festival) estaba por venir. Y no sólo porque Primal Scream decidió dar un concierto de los buenos, de los que no te permiten dejar de bailar, con todos sus hits más divertidos, al estilo FIB 2004. Lo mejor, jaja, fue disfutar del concierto desde la plataforma que uno de los patrocinadores había montado, con sofás y todo. Mandé el sms y me tocó, y allí me fui con mis amigos. Los sofás no hicieron falta, porque no dejamos de saltar y bailar, pero poder botar sobre un suelo blando, en lugar del pedregal, con copa gratis incluida, no tiene precio...jejeje.
Otro punto a favor del Summercase de este año ha sido la comida, más variada y con mejor servicio que el año pasado. Parece que la organización se está poniendo las pilas para mejorar los servicios. A lo mejor para el próximo año las piedras son más pequeñas...
Sábado 19. Saturday Night Fiber (n.)
Morrissey. Poco queda ya del Morrissey apolíneo y romántico que fascinó a toda una generación allá por los ochenta. Steven Patrick Morrissey es hoy todo un señor que sabe quién y para qué le paga, y es consciente de lo que espera la gente que acude a sus conciertos. Más simpático y dicharachero de lo esperado, Morrissey y su grupo de becarios ofrecieron durante una hora larga un buen puñado de versiones rocosas y festivaleras de sus canciones de ayer y de hoy, regalando de paso alguna que otra versión de sus Smiths. Entre las pegas, señalar que quizás no fuera demasiado inteligente abrir fuego con un trío de pelotazos del calibre de “Last of the international playboys”, “Ask” y “First of the gang”, y es que a partir de ahí la cosa sólo podía ir cuesta abajo. Y así pasó, que cuando se decidió a cerrar con una ruidosa “How soon is now”, muchos ya llevaban un rato largo bostezando al son de algunas de sus canciones menos conocidas (e inspiradas). En definitiva, muy correcto, aunque algunos echamos en falta un pelín de sutileza.
My Bloody Valentine. Es difícil escribir sobre el concierto de MBV sin caer en un montón de lugares comunes. Cualquiera que esté mínimamente interesado ya sabrá de la magia que crean las guitarras de Shields y los suyos, de los tapones en los oídos que regalan con las entradas de sus conciertos o de la tormenta de ruido que desatan en la tremendísima “You made me realise”. Pero una cosa es leerlo, y otra vivirlo. Otra cosa es notar como vibran el suelo y tus entrañas durante 15 largos minutos, otra cosa es entrar en el vórtice de ensueño que se genera en canciones como “Soon”, “I only said” u “Only shallow”. Porque describirlo es como describir cómo es follar. Toda una experiencia física y emocional. El mejor momento de todo el fin de semana. Y del año, si me apuran.
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