miércoles, 8 de noviembre de 2006

Adivina adivinanza....

Tengo entre mis manos una obra maestra. Pertenece a un género considerado injustamente "menor", dentro del cual merecería el lugar que merece "El Quijote" en la literatura o "Citizen Kane" en el cine, por poner dos ejemplos facilones, es decir, los primeros que se me vienen a la cabeza. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto... Se trata de la perfecta mezcla entre emocion y aventura con crítica despiadada de un mundo en el que la realidad supera esta y otras muchas ficciones...
Os daré una pista, pero una difícil....
¿Qué nombre recibe el famoso test psicológico "de las manchas"? Si lo aveiguáis, ya tendréis el nombre de uno de sus personajes principales. Pensad...Pensad....

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lunes, 6 de noviembre de 2006

Hijos de los hombres.

Ayer por la tarde discutía con mi amigo Mikto Kuai sobre un asunto bien curioso: ¿qué es más fácil, criticar o elogiar? Yo siempre he pensado que resulta infinitamente más sencillo describir lo que odias, mientras que él tiene serias dudas. Después de varias cañas y muchas risas nos olvidamos del asunto, pero yo sigo empeñado en demostrarle que tengo razón. Y para conseguirlo se me ha ocurrido poner un ejemplo totalmente personal: voy confesar lo difícil que me resulta escribir sobre Hijos de los hombres (Alfonso Cuarón, 2006), la película que más me ha gustado en mucho tiempo.

Ante todo, y aunque parezca una paradoja, el cine que me hace feliz me vuelve gruñón y belicoso. Se me revuelven las tripas, se me inyectan los ojos en sangre y hasta se me nubla la mente con el desprecio que de pronto me inspiran las demás películas. ¿Y qué ocurre? Pues que en lugar de elogiar, termino criticando. Me dan ganas, por ejemplo, de pelearme a gritos con todos los que defienden Infiltrados (2006). Hijos de los hombres tiene dos o tres planos secuencia tan bien planificados que a su lado Scorsese parece un fotógrafo de bodas, bautizos o comuniones. Ante prodigios como éste no comprendo a los que hablan sobre el ritmo y el montaje de Infiltrados. ¿Cómo se puede admirar a alguien que rueda y rueda, sin tener ni puta idea de lo que va a durar su película? El verdadero sentido del ritmo, señores, es el de un director que es capaz de transmitir tensión con un solo plano. Y lo demás son subterfugios para ocultar la incompetencia.

Mi segundo problema es el pudor. Por si no lo sabíais, el placer es uno de los asuntos que más compromete, y a mí me da una vergüenza horrible reconocer cómo lo obtengo. Por ejemplo: ¿qué credibilidad voy a tener si confieso que me lo pasé bomba babeando con Clive Owen? No se trata sólo de que sea guapo, de que su barba sea el epítome de la masculinidad o de que tenga una voz que haga temblar rodillas. En realidad, lo que fascina de la interpretación de Owen es que tenga esa cara de alucinado y esa tristeza tan cercanos, esa pinta de tipo corriente, de antihéroe. El tópico se hace realidad: los verdaderos machos no son los tipos duros sino los hombres sensibles. Y con Clive Owen yo me haría gay ipso facto. ¿Cómo voy a poner eso en internet? ¿Qué iba a pensar mi novia? Sin duda, es mucho más sencillo hablar mal de cualquier otra cosa.

Algo parecido ocurre con mi tendencia a la lágrima. Hijos de los hombres me hizo llorar muchísimo y no queda bien que vaya por ahí contándolo. Pero es que Alfonso Cuarón ha logrado lo más difícil: que su año 2027, a pesar de reunir todos los tópicos apocalípticos, resulte verosímil y desgarrador. Y cercano, tan cercano que acojona. En lugar de poner coches que vuelan y ordenadores que te sonríen, el director ha creado un futuro que es como el presente, pero con cuatro o cinco cosas cambiadas. Cuarón, además, no se recrea con las novedades: las deja como telón de fondo y se centra en el drama de la historia. De hecho, ni siquiera se centra en el drama; sólo en la historia. Hijos de los hombres tiene momentos devastadores que el director ha filmado con una sobriedad y un respeto espeluznantes. Y con ese planteamiento, si no consigue que llore todo Dios, por lo menos consigue que yo lo haga. ¡Y vaya si lloré! Tanto, que me da vergüenza contarlo.

Para terminar, un último reparo: cuando hablo bien de algo tengo la impresión de que siempre recurro a tópicos. Al final acabo diciendo cosas como que la fotografía de Hijos de los hombres es estupenda, que la puesta en escena resulta soberbia o que el guión está perfectamente escrito. Menuda novedad. La perfección, igual que sucede con la felicidad, es una cosa que aburre describir. Mucho más interesante resulta, sin duda, analizar el fracaso. Por eso, mi querido Mikto Kuai, me cuesta tanto elogiar las cosas. ¿Le he convencido? Espero que sí.


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sábado, 4 de noviembre de 2006

C.R.A.Z.Y.

Ayer por la tarde fui a ver C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005), pero no salí muy convencido. A pesar de que todos los críticos la han ensalzado y recomendado, hubo bastantes cosas que me defraudaron. Para empezar, soy alérgico a las historias que transcurren a lo largo de los años, con actores que envejecen gracias al maquillaje y conflictos que nunca se resuelven (y C.R.A.Z.Y., por si alguien no lo sabe, gira en torno a la vida de una familia canadiense). Lo peor, sin embargo, es que la película tiene un parón de ritmo difícil de encajar. Es lo que pasa con las historias sobre la vida: hay momentos intrascendentes, fáciles de contar, y otros mucho más complicados. Mientras los protagonistas son críos podemos hacer chistes y nos sale una comedia fresquísima, pero cuando crecen y les aparecen conflictos internos, entonces hay que ponerse serio y dedicar minutos larguísimos a explicar cómo se sienten. El problema es que yo soy un espectador muy simple: me gustan la pelis de risa y me gustan las pelis de llorar, pero cuando empiezo a ver una, quiero que sea la misma hasta que termine. ¿Comprendéis?

Así las cosas, cuando me he sentado delante del ordenador estaba convencido de que iba a escribir una crítica negativa. Pero ha ocurrido algo que me ha hecho cambiar de opinión. Estos días tengo en casa a un amigo que ha venido de Berlín, y el salón donde duerme está lleno de cosas suyas. Mientras se iniciaba Windows me he entretenido husmeando con la vista y he descubierto un libro con el siguiente título: The Tibetan Art of Positive Thinking. En la portada aparece un señor calvo que medita delante del mar, y parece bastante relajado. ¿Será que pensar cosas buenas nos relaja? Por probar nada se pierde, ¿no? En un segundo he cambiado de opinión, me he quitado el disfraz de gruñón, me he puesto el de hippi y ahora, en vez de echar pestes, lo que voy a hacer va a ser contaros las cosas agradables y bonitas de C.R.A.Z.Y. Al fin y al cabo hoy es sábado y quiero salir de marcha con actitud positiva.

Lo mejor de la película, sin duda, es el montaje. Jean-Marc Vallée nos cuenta su historia con un ritmo juguetón muy agradecido. A veces, como suele ocurrir, el efecto es simplemente eso, un efecto, pero aun así se disfruta. Lógicamente, parte del mérito recae en la música. Ya lo aprendimos con Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994): las películas que siguen a un personaje durante distintas épocas son perfectas para tirar de clásicos populares. Se dice que el director tuvo que renunciar a parte de su sueldo para poder pagar los derechos de las canciones que quería. ¿Y cuáles son esas canciones? Pues Bowie, mucho Bowie, algo de los Stones, Pink Floyd, The Cure y, sobre todo, Patsy Cline. Su Crazy no sólo da título a esta historia, sino que tira de ella. De hecho, la mejor secuencia de toda la cinta tiene a esta canción como protagonista. ¿Y por qué es la mejor secuencia? Entre otras cosas, porque hace gala de un humor negro completamente escandaloso. Un humor negro, una especial habilidad para combinar lo cómico y lo trágico, que viene a ser otra de las virtudes de C.R.A.Z.Y. El director logra capturar algo tan delicado como “la poesía de la vida”, y esta poesía, por más que nos joda, se esconde tanto en lo bueno como en lo malo. En el fondo es lo mismo que sugería el título del libro de mi amigo de Berlín: si lo intentamos, siempre podremos sacar algo positivo de la mierda.

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viernes, 3 de noviembre de 2006

Neumococo.

Leo en el periódico que se abre la campaña de vacunación contra el Neumococo y que todos los niños pequeños tienen que ir a que les pinchen. Inmediatamente, claro, me hago la pregunta lógica: ¿ocurriría lo mismo cuando yo era crío? ¿Estoy vacunado yo contra el Neumococo? Con la de años que tengo ya casi me da igual, pero el asunto no es baladí. Creo firmemente que todo el mundo debería saber una cosa así. De hecho, creo que todos deberíamos tener una fotografía del instante preciso. Nos paseamos con la vida guardando fotos de momentos intrascendentes -bautizos, comuniones, primeros amores- y ni siquiera sabemos si estamos vacunados contra el Neumococo.

Para empezar, si yo lo hubiese sabido habría sido mucho más valiente. Cuando eres niño, saber que estás vacunado contra el Neumococo te da un maravilloso sentido de invulnerabilidad. Al fin y al cabo, el Neumococo pasa por ser una versión súper poderosa del Coco, ¿no? “Nene, acuéstate ya, que viene el Coco”. “¿El Coco? ¿Qué carajo me va a hacer a mí el Coco, si estoy vacunado contra el Neumococo?” Eso sí que habría sido una infancia, y no lo que yo tuve, cagadito de miedo en cuanto me apagaban la luz. Con esa actitud, otro gallo me habría cantado en la vida.

Y es que la palabra te llena la boca. Ne-u-mo-co-co. Da gusto decirla. Si todos los niños creciesen con ella en el baúl de los recuerdos, estoy convencido de que habría muchos más escritores en el mundo, más gente enamorada de los diccionarios. Con una palabra así, a nadie se le ocurre escamotear consonantes para escribirla en un móvil. De hecho, cuando uno teclea “Neumococo” siente ganas de añadir, y no de quitar. ¿O es que no quedaría mucho más aparente con una eme? Mneumococo. Mmm… Suena a griego, a pedante, a sabiduría. ¡Más sabios y sensibles seríamos!

Por todo ello -y dado que ya estamos en edad de procrear- utilizo Sindrogámico para lanzar una propuesta. Padres y madres del futuro: cuando llevéis a vuestro bebé a que le pongan la vacuna contra el Neumococo, no olvidéis hacer una foto. Colocad esa imagen en algún lugar de honor de vuestra casa y presumid de ella; haced que vuestro hijo la conozca, que se sienta orgulloso, que la valore por encima de todas las demás. Si hacéis como os digo, el mundo será un lugar mucho mejor.

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El cuadro más caro de la historia

Acabo de leer en El País una noticia que me ha impresionado muchísimo: un señor mexicano ha pagado, o estaría mejor decir ha invertido, cerca de 110 millones de euros (unos 140 millones de dólares, que así impresiona más) por una obra de Jackson Pollock, concretamente su cuadro Número 5, convirtiéndolo en el más caro de la historia. Según este artículo en los próximos días comenzará la temporada de subastas en Nueva York, lo cual hace pensar que este récord esté destinado a su pronta extinción ante la avalancha de obras participantes en el célebre concurso El cuadro más caro de la historia.

Estos hechos me preocupan enormemente porque si ya me parece disparatado el derrochar tanto dinero por obra de arte alguna, acontecimiento que podría encender el debate de si el Arte vale tanto dinero, más me inquieta el acto de cuantificar el valor artístico de una obra por la cantidad de dólares que se paguen por ella.

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jueves, 2 de noviembre de 2006

Infiltrados.

Estoy hasta los cojones de Martin Scorsese. Infiltrados (2006) me parece una tomadura de pelo de principio a fin, una basura que, si la hubiese firmado cualquier otro director que no fuese una vaca sagrada, habría pasado desapercibida. Pero claro, la ha firmado Martin Scorsese y es una jodida obra maestra, ¿no? ¡Pues no! Y me da igual que El País le haya dedicado una página entera y que los críticos se corran de gusto. Esta película fracasa en todo menos en una cosa: en ser mala. El resto, queridos míos, lo hace mal. De hecho, creo que lo que más me cabrea es que podría haber sido genial y acaba siendo todo lo contrario. Hacía tiempo que no veía tantas buenas ideas desaprovechadas delante de mis narices.

Porque vamos a ver: ¿qué pretende ser, exactamente, Infiltrados? ¿Una nueva vuelta de tuerca al asunto de los mafiosos americanos? ¿Todavía no se ha cansado Martin Scorsese de hacer lo mismo una y otra vez? ¿O es que no tiene vergüenza? Lo curioso es que la gente sigue aplaudiendo, como si todos fuésemos idiotas y no nos enterásemos. ¿Es que nadie se da cuenta de que este tipo es un pesado? Infiltrados es más de lo mismo desde el minuto mismo que empieza, pero peor. Que lo sepan hasta en Hong Kong (donde, por cierto, Scorsese robó la idea, que ni siquiera es suya): Infiltrados no aporta ABSOLUTAMENTE NADA a todo lo que se había dicho anteriormente.

Habrá quien diga, ya me lo estoy oliendo, que estamos ante una perspicaz sátira sobre la traición. ¿Perspicaz? ¡Cuánto me habría gustado! Pero si esto es perspicacia estamos acabados. ¿Sólo porque todos los personajes son unos embusteros tenemos que pensar que el ser humano lleva la mentira en su código genético? Hay que ser muy, muy sutil, señor Scorsesse, para retratar el alma humana. Y usted, querido mío, no lo es en absoluto. Es más: para lo único que sirven las mentiras de sus personajes es para hacer avanzar una vulgar trama de enredo. Simples anécdotas, me temo: la vieja historia del gato y el ratón, pero en una fiesta de disfraces. Ay, qué sueño.

También tengo algún amigo que me ha hablado del admirable ritmo de la película. Estoy de acuerdo: nunca tres horas se me habían hecho tan cortas. Lástima que bastase con dos para contar lo que aquí se cuenta (mal) en tres. Infiltrados está llena de pegotes innecesarios. ¿Quién es, por ejemplo, la mujer que acompaña a Jack Nicholson? Dudo que alguien pueda explicarme por qué ese personaje está en la película, lo cual nos lleva a una conclusión obvia: la muchacha sobra. Y ya que hablamos de Nicholson –histriónico hasta la náusea, por cierto-: ¿cómo hemos de tomarnos su fugacísimo episodio mefistofélico? Otro pegote. Lo que más me jode, además, es que Scorsese malgasta pólvora con estas tonterías y luego se deja asuntos sin resolver. ¿Es que no había tenido tiempo, con tres horas de metraje, para evitar (o al menos justificar) ciertos "ases en la manga" de último momento? Je, je, no os preocupéis que yo no cuento nada, pero os advierto: pensé que me había tomado el pelo.

A pesar de todo, creo que lo que más me irritó fue la falta de verosimilitud. Por si alguien no lo sabe, oh, sorpresa, Infiltrados es la historia de dos infiltrados: uno en la policía y otro en el crimen organizado. Lo del mafioso que se cuela en el cuartel me lo trago, pero… ¿de verdad tengo que creerme que un viejo zorro de la mafia va a confiar en un chavalote advenedizo que, además, había sido policía? ¡Por favor! ¿Y qué me dicen del maniqueísmo de los personajes? Matt Damon, todos lo sabemos, es repelente. ¿Era necesario hacerlo aún más repelente para dejar las cosas claras? Un insulto a mi inteligencia.

Para terminar, un consejo: cuando vayáis a ver esta película, prestad atención a lo que estáis viendo y no lo confundáis con lo que os han dicho que vais a ver. ¡Todo el mundo miente! Infiltrados no es, ni de lejos, la gran película que se ha promocionado. Si me hacéis caso y estáis atentos, descubriréis que se trata, simplemente, de otro thriller made in hollywood.

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martes, 31 de octubre de 2006

Jeff Tweedy: obra y milagros

Jeff Tweedy, voz y alma máter de Wilco y, en mi opinión, uno de los mejores músicos de su generación, inicia una gira en solitario para celebrar el lanzamiento del DVD “Sunken Treasure. Live in the Pacific Northwest” (a la venta el día 7), que recoge algunas actuaciones en solitario grabadas durante su última gira americana. La gran noticia es que por primera vez Tweedy aterrizará en España en solitario, el 1 de Diciembre en la sala La Riviera de Madrid y el 2 en el Festival Primavera Club de Barcelona. Tras el recuerdo inmejorable que muchos tenemos de aquel concierto de Wilco en la desaparecida sala Aqualung, algunos ya nos mordemos las uñas esperando que noviembre pase rápido. Las entradas ya están a la venta en Tick Tack Ticket, todas las tiendas Carrefour y la Fnac, y los precios en Madrid oscilan entre los 22 y los 25 euros. Yo, por supuesto, ya tengo mi entrada y, para celebrarlo y ponerme al día, una pequeña revisión de la discografía de Wilco. Para no ponerme muy coñazo, paso de los directos y los dos volúmenes de “Mermaid Avenue” junto a Billy Bragg, grandes discos por otro lado...

A.M. (Reprise, 1996). En el reparto de bienes posterior a la separación de Uncle Tupelo, Jeff Tweedy se quedó con casi todos los miembros de la banda y con todo el bagaje musical. A.M. es una reivindicación del papel de Tweedy en su antigua banda, y no pasa por ser más que una continuación correcta del majestuoso “Anodyne” con canciones, eso sí, que ya apuntan maneras como “Passenger Side”.

Being There (Reprise, 1996). Siempre me han dado pereza los discos dobles: “Being There” dura, sumando sus dos discos, 79 minutos, y en él Jeff Tweedy intenta realizar un recorrido por toda la música americana en una huída hacia delante intentando escapar del estigma de estandarte del movimiento “No Depression”, llamado así en honor al primer disco de Uncle Tupelo. Aunque sobra alguna canción, ya se ven indicios de hacia donde se dirige la mente de Tweedy en el inicio de “Misunderstood”, en la doliente “Far far away”, en los metales de “Monday” o en la jarana final de “Dreamer in my Dreams”.


Summerteeth (Reprise, 1999). Parece que todo grupo americano atraviesa antes o después una etapa Brian Wilson. “Summerteeth”, con Jay Bennett tomando el control en la sala de máquinas, es el disco más pop de Wilco, luminoso en las formas pero mucho más oscuro en el fondo, con un Jeff Tweedy mucho más concienciado en su papel de letrista: “Via Chicago”, murder ballad sobrecogedora, es una de las mejores canciones de la carrera de Wilco. Ese “I’m coming home” del final pone los pelos como escarpias.

Yankee Hotel Foxtrot (Nonesuch, 2002) “Yankee Hotel Foxtrot” es fácilmente uno de los discos que más he oído en mi vida. Adoro cada una de las canciones, su homogeneidad, su aureola de disco maldito perfectamente capturada en el maravilloso documental “I Am Trying to Break your heart”. Siempre que alguien me sale con las bondades del, para mí, sobrevaloradísimo “OK Computer” no puedo evitar pensar que este disco le da mil vueltas. Una debilidad personal: “Jesus, etc.”


A ghost is born (Nonesuch, 2004). Una vez expulsado Jay Bennet, Wilco se convierte en una one man band con secundarios de lujo, un vehículo a través del cual Jeff Tweedy canaliza todas sus inquietudes musicales, que van del John Lennon de “Mother” al krautrock más denso. Un exceso de referencias y experimentación hacen que el disco sea algo más disperso de lo habitual, y aparecen solos de guitarras muy Neil Young en canciones que en general superan con creces los 5 minutos. Aún así, muy buen disco.

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